Uno de los sucesos internacionales más sonados de este ya agónico 2010 fue la huelga de hambre del activista cubano Guillermo Fariñas. Trascendiendo el valor personal del señor Fariñas y la situación particular que motivó este supremo acto de protesta, hubo algo de este episodio que me generó un muy mal sabor de boca que hoy, varios meses después del clímax de esta historia, deseo comentar.
Me molestó percibir que, al menos en apariencia, la tormenta política y mediática que se genera en torno a las violaciones de derechos humanos y civiles en Cuba (o en China, Irán et cetera) es mucho mayor que la que puedes observar en los demás casos. No es la primera vez que siento que se puede condenar a Cuba abiertamente y en cualquier lugar del bloque OTAN-izado por las violaciones de derechos humanos, por ser un régimen dictatorial, por la pobreza del pueblo cubano y por cualquier ítem de una larga lista de otras imputaciones, pero que rara vez logras ver condenas tan categóricas a conductas similares y bastante frecuentes en países más políticamente correctos, como la tortura en Guantánamo y en Israel (que son dos casos que trascienden a los medios, quién sabe cuántos más habrán) e incluso en la DININCRI de nuestro Perú tan lindo y tenebroso al mismo tiempo. Ciertamente tenemos escándalos periódicamente que nos confrontan con esta realidad, pero solemos elegir verlos como excepciones dentro de un contexto bastante más benévolo.
¿Por qué es legítimo que Tatcher pueda mantener su férrea intransigencia ante una huelga de hambre, pero no lo es que el gobierno cubano mantenga la suya en un contexto comparable (ojo, comparable, pero no idéntico ni equivalente)?
¿Por qué es legítimo que EEUU tenga prisiones à la Bastille y regímenes de encarcelamiento que violan las convenciones internacionales de manejo de prisioneros, pero no lo es que China tenga sus campos de trabajo o que Cuba tenga prisioneros políticos?
Recordemos también al primer ministro japonés Koizumi ofreciendo tributo en la pagoda Yasukuni el 2005 a los héroes japoneses de la II guerra mundial -incluyendo a varios genocidas de Manchuria- y las protestas que esto originó en China. El silencio efectivo de la UE y de EEUU fue tan elocuente como las protestas de los diplomáticos ofendidos. Imaginemos el escándalo que resultaría –y con toda razón- si un político alemán rindiese honores a los soldados alemanes de la II guerra mundial, incluyendo a Himmler.
Ciertamente, la situación política en Cuba está plagada de injusticia. También, y a su manera, lo está en la EU, como representantes del nivel de Nigel Farage (recomiendo buscar sus discursos en Youtube) se encargan de airear a los cuatro vientos. En Latinoamérica, ni hablar. Lo que molesta del asunto es que se tiende a condenar abiertamente las acciones de los "sospechosos comunes" y a silenciar o eufemizar los adjetivos con los que se califican las de los países que se mantienen en línea. Israel comete atrocidades escalofriantes con una facilidad y frecuencia que es tanto más desconcertante por el background histórico del pueblo judío. Y claro, muchas de ellas son condenadas por distintos organismos internacionales, se establecen mesas de diálogo, todo muy lindo y seguramente inútil.
Cualquier persona que afirme que en Perú vivimos de hecho en una República democrática debería revisar sus libros de filosofía política. Pero es una mascarada que funciona bien en el escenario internacional, y claro, la mayoría de personas que tenemos acceso a internet gozamos de muchos de los beneficios de una democracia en el marco de los derechos humanos.
Quiero aclarar que no pretendo ofrecer una postura nihilista y afirmar que, dado que todo está mal en todos lados, el mal está justificado. La crítica va dirigida más bien a la hipocresía que radica en el uso de la legislación de derechos humanos como casus foederis contra los países o facciones políticas que no se alinean con el mandato OTAN-izado. La misma fundamentación filosófica y legal de la Declaración de los Derechos Humanos exige una vigilancia universal y una objetividad sin estandartes -sean nacionales o políticos- a la hora de denunciar las transgresiones. Lo mismo va cuando hablamos de intentos ilegítimos de concentrar poder en instancias administrativas y gubernamentales no reconocidas democráticamente, como en una dictadura, en un comité transnacional como el parlamento y la comisión de la UE y el mismísimo parlamento peruano, que es una circo de lo más ilustrativo.
Por último: he escuchado frecuentemente que la diferencia entre Cuba y otros países es la existencia del derecho de discordar. Digamos que eso es cierto. Podemos expresarnos libremente dentro de los márgenes del respeto al honor de otros ciudadanos y otros límites bastante razonables y deseables. Pero también es cierto que se observa una tendencia muy preocupante de parte de las clases políticas de las democracias occidentales a hacer oídos sordos a las personas que los eligieron para ser representadas por ellos. Nuestros sistemas políticos se basan en esa representatividad para justificar los derroteros que toman nuestras naciones, tanto en el sentido político como económico y social. ¿Qué ocurre cuando tu voz simplemente no es escuchada? Si tus representantes no cumplen su función de llevar tu voz al Gran Foro, la libertad de expresión es poco más que una herramienta catártica y un saludo a la bandera. Afortunadamente aún vemos a la prensa cumpliendo su rol, pero cabe preguntarse lo que ocurrirá si los medios callan o simplemente se alínean con alguna facción dominante (algo como la prensa durante el fujimorato, pero en versión reeditada según el dictador de turno).
Si, quizás partimos de una posición de relativa ventaja en relación a los cubanos y los chinos. Nosotros, los que gozamos de las libertades y recursos necesarios para preocuparnos de política, de Fariñas y de cosas distintas a la supervivencia diaria, quiero decir. No sé si la gente que vive en la miseria en los sectores D y E de nuestra extendida escala socioeconómica. Pero recordemos que Platón afirmó que la democracia es un sistema de gobierno que se encuentra perpetuamente al filo de la tiranía. (No en vano en Latinoamérica tenemos tantos ejemplos de períodos de libertad relativa entre regímenes dictatoriales). Nuestros privilegios dependen de nuestro propio trabajo, de participar activamente en la política, de no permitir "patriot acts" en nuestros países, de criticar constructivamente cuando se puede mejorar algo, y devastadoramente cuando hay corrupción o perversión de los cargos de nuestros representantes. Debemos conocer de historia, derecho, filosofía y economía. Debemos tener foros privados, conversar sobre política en la mesa, mantener una comunicación fluida con nuestros representantes, educar a nuestros hijos en la cultura de la democracia y los derechos humanos.
¿Lo hacemos? Yo creo que no.
Criticar a Cuba está bien. Recordar que aquellas naciones e instituciones que se rasgaron las vestiduras por Fariñas tienen tantos esqueletos en el clóset como Cuba también lo está. Señalar la hipocresía que esto implica me parece necesario. Y creo que dialogar sobre estas cosas es imprescindible.
Álvaro Gastelumendi
Diciembre 2010
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